Dios es bueno, por eso nos da siempre lo mejor. Que nosotros lo entendamos o no, es otra historia
Revisemos la Palabra de Dios para que veamos a dos actores de insospechable pureza: El gran legislador Moisés y el incomparable apóstol Pablo. Moisés fue un gran profeta, pastor y sacerdote de Dios. Uno de los más grandes líderes que encontramos en las páginas sagradas de la Biblia. Oigamos sus palabras: “…Pase yo, te ruego, y vea aquella tierra buena que está más allá del Jordán, aquel buen monte, y el Líbano. Pero el Señor se había enojado contra mí a causa de vosotros, por lo cual no me escuchó; y me dijo: Basta, no me hables más de este asunto” (Deuteronomio 3:23-26). No hay nada en el pasaje que nos permita concluir que Moisés entró en crisis por la respuesta de Dios.
Vayamos ahora al Nuevo Testamento cuando el más grande de los evangelistas y teólogos de la Iglesia tuvo un crucial encuentro con Dios: “…Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne…, respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia” (2ª Corintios 12:7-9).
Aquí están dos gigantes espirituales de límpida trayectoria. Nadie los puede juzgar por falta de fe o integridad. ¡Sin embargo! El Señor, ante sus peticiones, simplemente les dijo: NO. ¿Por qué?, porque esa era su mejor respuesta; sin tomar en cuenta si ellos la aceptaran o si a ellos les agradara. Dios es bueno, por eso nos da siempre lo mejor. Que nosotros lo entendamos o no, es otra historia.




