“¿Cómo se explica el éxito de Juan Bunyan, el orador, el escritor, el predicador, el maestro, el padre de familia, el humilde latonero del siglo XVII sin ninguna instrucción? ¿Cómo puede una persona con esas credenciales predicar como él predicaba? Su éxito descansa en que era un hombre que estaba en constante comunión con Dios. Sufrió prisión por más de doce años por predicar el Evangelio y es autor de El Progreso del Peregrino, un libro universal.
“Hay en la oración –decía- el momento de dejar al descubierto la propia persona, de abrir el corazón delante de Dios, de derramar el alma afectuosamente en peticiones, suspiros y gemidos como los del salmista David: A veces, las mejores oraciones consisten más en gemidos que en palabras”.
John Wesley, el catalizador de la doctrina de la santidad, el hombre que impulsó la gran revolución en la iglesia anglicana de la Inglaterra del siglo 19, se expresó así: “comencé a reconocer que el corazón es la fuente de la religión verdadera, …reservé dos horas cada día para quedarme a solas con Dios”. Wesley se esforzaba por levantarse diariamente a las cuatro de la mañana. Conseguía así controlar su tiempo a fin de no desperdiciar ni un solo momento. Su obra es colosal y ella no podía descansar, sino sobre los hombros de un gran visionario de oración.
Gemidos y silencios en la oración
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