Toda la teología de la oración sería inútil si no oramos
Lo más importante de la oración es “orar”. No es un juego de palabras. Al Señor le importa más usted, que lo que usted sabe o ignora. Toda la teología de la oración sería inútil si no oramos. Es absolutamente necesario que tomemos en cuenta que el primer cambio que se produce con motivo de nuestra oración, es EN nosotros mismos, más que en nuestro entorno. La oración nos cambia a nosotros primero por lo que ella en esencia significa.
El libro de Los Hechos nos relata la historia de un oficial romano que produjo inesperadamente una revolución espiritual en la iglesia naciente: “…Había en Cesarea un hombre llamado Cornelio, centurión de la compañía llamada la Italiana, piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al pueblo, y oraba a Dios siempre” (Hechos 10:1-2). Cornelio era un militar, invasor y pagano. Como tal, era enemigo del pueblo judío. Esa es la impresión natural que tenemos que tener de él. El problema es que la gente no es siempre lo que parece ser y nosotros no tenemos la capacidad para mirar como mira Dios.
¿Cómo un hombre educado para la guerra y para conquistar por la fuerza naciones y pueblos puede ser al mismo tiempo “piadoso y temeroso de Dios”? Toda esa contradictoria información acerca de su vida se explica con una frase lapidaria de las Sagradas Escrituras: “…oraba a Dios siempre” (Hechos 10:2b).
Cornelio no era “cristiano”, en el sentido en que lo entendemos hoy día. No se congregaba, no había sido discipulado, no formaba parte integral de lo que conocemos como “iglesia local”. ¡Sin embargo!, hacía algo que mucha gente de la iglesia no hace: “…oraba a Dios siempre”.




