La Iglesia venezolana, comenzando por sus ministros, necesita también que “se le despierte el espíritu”, y eso no ocurrirá a menos que haya un arrepentimiento y reconciliación nacional
Los dos profetas contemporáneos del regreso de la tribu de Judá y la reconstrucción de Jerusalén y su Templo, Zacarías y Hageo, hablaron de parte del Señor al pueblo de Dios en circunstancias similares a las que atraviesa Venezuela y la Iglesia de Cristo, tanto en lo natural (economía, política y social) como en lo espiritual.
El profeta Hageo comenzó su libro señalando: «El día primero del mes sexto del año segundo del rey Darío [520 a. C.], la palabra del Señor vino por medio del profeta Hageo a Zorobabel hijo de Salatiel, gobernador de Judá, y a Josué hijo de Josadac, sumo sacerdote» (1:1). Sabemos que Zorobabel tenía la responsabilidad de ejecutar la obra con el dinero que el rey Darío de Persia le daba, mientras que Josué tenía la responsabilidad de ministrar a Dios y restablecer el sacrificio en el Templo.
El Señor les reclamó a ambos que el pueblo había descuidado la reconstrucción del templo en Jerusalén y decían: «Todavía no es tiempo de que la casa del Señor sea reedificada» (1:2b). A lo que Dios les reprochó: «¿Acaso sí es tiempo de que ustedes habiten en sus casas artesonadas, y de que esta casa esté desierta?» (1:3-4).
Las consecuencias no se hicieron esperar: crisis económica y espiritual, Dios tenía bajo juicio a Judá porque se habían olvidado de la reedificación del Templo, tan necesario en aquel tiempo para que la bendición de Dios fluyera. «¿Y por qué? Porque mi casa está desierta, mientras cada uno de ustedes corre a su propia casa» (1:9).
En la Venezuela actual:
Zorobabel está representado por aquellos cristianos a quienes Dios permitió estar en el gobierno o cerca de los gobernantes para que les ministren arrepentimiento y salvación, así como para que contribuyan a edificar el Templo vivo del Señor que es su Iglesia (el cuerpo de Cristo). ¿Y qué hicieron? La mayoría se dedicó a edificar «su propia casa» olvidándose de la Iglesia; y en muchos casos entorpecieron a los ministros e iglesias que no cedían a poner su rodilla en tierra, llamándoles ‘escuálidos’, ‘apátridas’, etc. En vez de recoger con Cristo, desparramaron.
Josué representa a los ministros venezolanos que descuidaron su llamado para dedicarse a atesorar para sí o pusieron en juego el ministerio, comprometiendo su testimonio y el del Templo viviente, la Iglesia. En vez de ser sal, perdieron su sabor y de ser luz, se llenaron de tinieblas. Apagaron su voz profética y dejaron de ser de bendición para aquellos sumidos en tinieblas o auparon la presencia de falsos profetas que no hablaban verdad, sino que daban palabras lisonjeras y hacían oraciones hechiceras (contrarias a la voluntad de Dios y en favor de la agenda de las tinieblas).
Hageo, quien representa a los genuinos profetas temerosos de Dios, «habló con el pueblo por mandato del Señor, y como enviado suyo dijo: “Yo estoy con ustedes”» (1:13). Muy a pesar de las advertencias de los profetas verdaderos acerca del descontento de Dios con su pueblo en Venezuela, los Josués le negaron el acceso al palacio e impidieron que la luz y la verdad le llegara a los gobernantes, adversando así la voluntad de Dios.
A diferencia del pueblo de Judá de los tiempos de Hageo a quienes por obedecer a Dios «el Señor despertó el espíritu de Zorobabel hijo de Salatiel, que era gobernador de Judá, y el espíritu de Josué hijo de Josadac, que era sumo sacerdote, lo mismo que el espíritu del resto del pueblo, y todos ellos acudieron a trabajar en la casa de su Dios, el Señor de los ejércitos» (1:14); en Venezuela no ha sucedido eso.
Por esa razón es que afirmamos que la Iglesia venezolana, comenzando por sus ministros, necesita también que “se le despierte el espíritu”, y eso no ocurrirá a menos que haya un arrepentimiento y reconciliación nacional; que aquellos que se dedicaron a «edificar sus casas» y olvidaron o corrompieron el altar del Templo vivo venezolano, lo reconozcan públicamente, acepten con humildad las directrices proféticas de Dios, desechen a los falsos profetas como David Owuor y otros, y pidan perdón por el daño moral y espiritual causado al cuerpo de Cristo venezolano.
No olvidemos el episodio revelacional que Dios le mostró en visión al profeta Zacarías -contemporáneo en el post exilio con Hageo-, cómo el sumo sacerdote Josué se había envilecido y tuvo que ser perdonado y limpiado por causa de las demandas y acusaciones de Satanás:
«Luego el ángel me mostró al sumo sacerdote Josué, que estaba delante del ángel del Señor. A su mano derecha estaba Satanás, dispuesto a acusarlo. Pero el Señor le dijo a Satanás: “Yo soy el Señor, y te reprendo a ti, Satanás. Yo he escogido a Jerusalén [Venezuela], y a este hombre lo he rescatado del fuego como a un tizón. Por eso yo, el Señor, te reprendo”» (Zacarías 3:1-2).
Seguidamente a Josué le cambiaron las «vestiduras muy sucias» por el pecado (símbolo del perdón y la santidad), por unas santas y «de gala» («lino fino, sin manchas, arrugas ni contaminación»); le pusieron una «mitra limpia», que posee un profundo sentido simbólico centrado en la identidad, la pureza mental y el acceso a Dios a través de Jesucristo (3:3-5).
En la visión dada a Zacarías, el ángel mensajero le advirtió al SS Josué, y vale también hoy para nosotros los ministros y líderes cristianos venezolanos:
«Así dice el Señor de los ejércitos: “Si andas por mis caminos, y cumples con mis ordenanzas, también tú gobernarás mi casa y quedarás a cargo de mis atrios, y te daré un lugar entre los que están aquí. Así que escúchame bien, Josué, como sumo sacerdote que eres, lo mismo que tus amigos que se sientan delante de ti, y que son una señal prodigiosa. Voy a hacer que venga mi siervo, el Renuevo”» (3:7-8).
Que analógicamente significa:
- Andar por sus caminos: Volver con humildad y arrepentimiento a la senda antigua de la santidad, dejando atrás todo camino de perversión.
- Cumplir sus ordenanzas: Volver a la pureza de la Palabra de Dios, honrar al Señor y a su Iglesia como «columna y baluarte de la verdad».
- Gobernar su casa: Recibir honra y unción para ministrar en el Templo viviente del Señor, su Iglesia. Si nos hubiéramos apartado del ministerio, el Señor promete restaurarnos tras un genuino arrepentimiento.
- Nos dará un lugar: Significa una posición de autoridad cuando se manifieste el poderoso avivamiento que derramará el Señor sobre su Iglesia en Venezuela.
- Vendrá su siervo, el Renuevo: Es la manifestación de la gloria del Señor, el Renuevo, en el avivamiento que está a punto de desatarse en Venezuela, y de nuestro país al mundo entero; donde el Espíritu Santo operará una gloriosa obra que exaltará la victoria alcanzada por el Renuevo cuando vino, murió en la cruz y resucitó al tercer día.
Los ministros y líderes en Venezuela no somos sólo administradores de cultos; somos señales de esperanza. Si caminamos en integridad (con la «mitra y vestiduras limpias»), guiaremos a la nación hacia una transformación moral, económica, educativa y espiritual que soportará de manera firme cualquier cambio político o económico en Venezuela.
Primero sucede en el mundo espiritual y luego se manifiesta en el natural. La Iglesia debe hacer primero lo suyo (Juan 17) y luego Dios cumplirá lo prometido a Venezuela. ¿Estaremos dispuestos?
Georges Doumat B.




