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La mano divina te sostiene, Liliana González de Benítez

Estoy segura que si te pones a enumerar las veces en que has visto las huellas digitales de Dios sobre tu vida te quedarías corto

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Dios te tiene tatuado en las palmas de sus manos (Isaías 49:16). Las manos que multiplicaron los panes y los peces, las que calmaron la tormenta, las que sanaron al leproso, las que por amor a ti llevan las cicatrices de los clavos, son las que te envuelven por completo, te guían y te sostienen.
Las mismas manos que formaron la tierra tallaron uno a uno tus huesos dentro del vientre de tu madre (Salmo 139:13-15) y son las que te sujetan para que no tropieces con piedra alguna (Salmo 91:11). ¿Hay acaso amor más ancho, alto y profundo que el amor de nuestro Señor? Tal conocimiento es tan grandioso que rebasa nuestra comprensión.
Tanto es así, que Job le dijo al Señor: “Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti… Cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía… De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven” (Job 42).
Job había oído hablar de Dios y de sus formidables obras, pero fue en medio de la adversidad cuando sus ojos se abrieron para ver la poderosa mano de Dios obrando a su favor. Aunque siempre el Señor estuvo con él prosperándolo en todas las cosas, Job era un ciego espiritual, incapaz de ver la mano invisible que le rodeaba como un escudo. ¿Cuántas veces a ti y a mí nos ha pasado lo mismo que a Job? La soberbia y el orgullo nos nublan la visión al extremo de pensar que nuestra buena salud, el cónyuge, los hijos, los bienes materiales y todo lo demás, es un golpe de buena suerte o quizás es que hemos sido tan “buenos” y no le hemos hecho mal a nadie que nos los merecemos.
Estoy segura que si te pones a enumerar las veces en que has visto las huellas digitales de Dios sobre tu vida te quedarías corto, porque antes de que fueras un microscópico embrión, ya Dios te había concebido en su mente y corazón. Él te conoce, sabe cuándo te sientas y cuándo te levantas; aún a la distancia te lee el pensamiento. Conoce tus trajines y descansos; todos tus pasos les son familiares (Salmo 139:1-3). Dios te rodea dondequiera que te encuentres y sana todas tus dolencias (Salmo 103:2). No algunas, ¡todas! Enfermedades, desempleo, soledad, angustias, temor…
Recuerdas las veces que has estado triste por alguna causa, cuando te enfermaste y estuviste grave, tal vez sufriste la experiencia de un trágico accidente, el divorcio o la pérdida de un ser querido, y a pesar de eso, volviste a sonreír. Indudablemente, esa es la prueba de que una mano divina te sostiene.

Liliana González de Benítez
Periodista y autora
lili15daymar@hotmail.com

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