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La presencia de Dios en tu vida es lo más importante, Otoniel Font

Da gracias a Dios que Dios todavía quiere habitar en tu vida, quiere habitar contigo, a pesar de todo lo que tú has vivido y a pesar de todas tus decisiones. ¡Qué bueno es Dios!

Comenzamos a ver cómo Dios fue visitando poco a poco a su pueblo, dándole diferentes experiencias. Comienza Dios llamando a un hombre como Abram que, cuando lo visita, de primera intención le hace muy claro que no lo está llamando simplemente para bendecirlo y prosperarlo a él, sino que de él quiere sacar toda una nación. Le da una palabra a Abram, visita a Abram; eventualmente, tiene que visitar a Sara. Se encuentra con Sara y vimos ese encuentro con Sara. Dios tenía que hablarle a Sara lo que le había dicho a Abraham 20 años atrás para que, finalmente, ella pudiera creer.
Interesante porque después vemos cómo Dios visita a Isaac y observamos como Isaac pudo vencer un momento de crisis. Son momentos de dificultad, un momento donde podía tomar cualquier decisión errónea en su vida, ir a Egipto, pero decide quedarse en el lugar donde Dios le había dicho y, en ese año, en un lugar de tanta crisis y de tanta dificultad, Dios lo próspera, lo multiplica, por una visita de Dios.
De ahí brincamos a la experiencia de Dios con Jacob. Interesante que Dios le da varias experiencias a Jacob, pero hablamos del momento crucial de la lucha de él con Dios, y es curioso que siempre hemos dicho que peleó con Dios, pero cuando miramos bien esta historia, fue Dios quien peleó con Jacob. La razón es que Dios quería asegurarse que Jacob entendiera que el plan que Dios había preparado para su vida no se iba a perder por ninguna de las decisiones que él mismo había tomado en el pasado.
La historia del pueblo de Dios trasciende las edades y los tiempos. Pero, cuando vemos el plan divino, detrás de todo esto, hay un eslabón perdido. Entre Jacob y Moisés, pasan 400 años en lo que Dios vuelve a visitar a alguien. Dios no visita a José. Es interesante que ningún lugar en la Biblia nos muestre que José tuviera una experiencia con Dios de manera tal que fuera una visitación que marcara su vida para siempre. Y el problema de que José no tuviera una visitación de Dios fue que un hombre bueno, inteligente, con tanta sabiduría, simplemente por no tener una visita divina, llevó a todo un pueblo a ser esclavo por 400 años. No era la intención de Dios tener al pueblo de Israel 400 años en Egipto. Aquello fue una solución temporera, a decisiones que se habían tomado. Pero José se acostumbró a vivir en aquella nación, en aquel lugar; hizo que el pueblo se quedará allí por 400 años. Qué interesante que las últimas palabras de José fueron: el día que Dios los visite, saquen mis huesos de aquí. ¿Por qué José no pidió al Señor una visita de Dios? ¿Por qué no pedirle José a Dios esa visita y que Dios lo usará a él para sacarlo de aquel lugar? José, simplemente, no tuvo esa experiencia, no la quiso, no la deseó. Podemos pensar 500 cosas; el detalle está en que no la tuvo.
Quizás tú hoy tienes que realizar que tu familia no será distinta y tu familia jamás alcanzará el potencial de Dios para sus vidas, si tú no le pides a Dios una experiencia con el Señor una experiencia que te marque a ti y que haga que tú no metas a todos los tuyos a una esclavitud, a un momento de dificultad que no tiene que ser más que una temporada, simplemente circunstancial. Pero si una persona tiene el poder que tiene la visita de Dios, y tiene esa experiencia con Él, él y toda su familia serán completamente libres.
Interesante que eso no pasó con José. Así que, 400 años después, Dios se le aparece a Moisés primero en la zarza ardiendo y luego en el monte Sinaí. Y en aquel lugar, Dios se le hace visible al mundo entero, específicamente a su pueblo. Lo curioso es que, luego de esa experiencia del Monte Sinaí donde el pueblo promete que obedecerá a Dios, que hará lo que Dios le ha pedido, el pueblo va y levanta un becerro de oro. Y lo curioso es que, después que levanta un becerro de oro, Dios le pide que por favor hagan un tabernáculo. Y en Éxodo 40, dice la Biblia que, después que ellos lo hicieron, Dios llenó aquel lugar con su presencia; la gloria de Dios llenó todo aquel lugar que el pueblo había construido y lo grande de ese momento histórico es que, una vez más, se cumple la palabra de Dios sobre su pueblo. No importa nuestros errores, no importa que tú hayas hecho un becerro de oro, que un día tú te hayas apartado, Dios todavía sigue queriendo habitar en medio de su pueblo.
No importa los errores que tú hayas cometido en tu vida, no importa que tú, en algún momento dado, le hayas abandonado, Dios todavía quiere cumplir Su palabra y Su promesa de que Él quiere habitar en medio nuestro.
Aquella presencia de Dios en aquel tabernáculo era la demostración de que Dios iba a cumplir Su palabra y de que Él habitaría en medio de su pueblo, a pesar de que, en el pasado, ellos lo habían abandonado. Da gracias a Dios que Dios todavía quiere habitar en tu vida, quiere habitar contigo, a pesar de todo lo que tú has vivido y a pesar de todas tus decisiones. ¡Qué bueno es Dios!
Ahora, muy curioso que, luego de esa experiencia, comparaba en los días pasados ese momento donde dice la palabra del Señor que el tabernáculo fue lleno de la presencia de Dios y comparaba con el deseo en un momento de un gran hombre de construir un templo a Dios. Hubo un gran joven que quiso construir un templo al Señor y Dios no se lo permitió. En una ocasión, David, luego de luchar muchas batallas, David dice que le va a construir un templo al Señor.
La Biblia nos dice que David había sido escogido por Dios. La Biblia nos dice que David era un hombre bueno de corazón, un hombre conforme al corazón de Dios y a ese hombre con una buena intención, Dios no le permite construir el templo. Y la razón es una, Dios le dice: no puedes construir el templo porque tus manos están ensangrentadas. ¿Por qué Dios no le permite a David y no le da el honor de construirle una casa? Porque cuando David construyera aquella casa, siendo así, aquella casa se convertiría en un símbolo de poder militar. Lo que Dios siempre había querido era que la presencia de Dios fuera el símbolo especial de su marca sobre un pueblo, pero que no fuera tomada como una experiencia o como una demostración militar que diera la proyección incorrecta al mundo entero. David tenía la buena intención y el buen deseo de un gran corazón; pero, lamentablemente, David era conocido como un guerrero, un hombre sangriento, un hombre que había conquistado grandes cosas y si Dios le permitía que hiciera aquel templo, el mundo vería solo el poder militar, y no vería el poder y la gracia de Dios sobre aquel edificio, sobre aquel lugar.
Así que, Dios le dice: David, lamentablemente, aunque tu corazón es correcto, todas las acciones que tú has hecho, hacen que lo que quieres hacer se vuelva en un símbolo que demuestre algo que yo no quiero que se demuestre porque la realidad es que yo no hice al pueblo de Israel para que fuera una potencia militar; mi sello sobre el pueblo de Dios era la presencia que le iba a acompañar todos los días de la vida y que, a través de esa presencia, el mundo podría experimentar el favor y la gracia de Dios.
Cuántas veces nosotros hemos ensangrentado nuestras manos tratando de construir ciertas cosas en nuestras vidas y todo lo que construimos es una marca no de Dios, pero sí de nuestro pasado. Cuántas veces nosotros con nuestros esfuerzos, con nuestras luchas, con nuestras batallas, con nuestra fuerza, construimos ciertas cosas que vienen a ser símbolos, marcas en nuestras vidas, y vienen a ser puntos importantes que la gente puede ver, puntos de referencias maravillosos, pero no son puntos de referencia acerca de la presencia, del poder y de la gracia de Dios, sino que son puntos de referencia de lo que hemos logrado con nuestra fuerza, de lo que hemos logrado con nuestras manos.
Y tiene que haber un momento donde la iglesia entienda que la marca más importante que hay en la vida de un cristiano no es lo que ha logrado, no es lo que tiene, sino la presencia de Dios que llena todo en cada uno de nosotros.
Esa presencia es la que hace la diferencia. El día que entendemos eso, nuestra vida entonces se transforma y cambia para siempre.

Otoniel Font
Pastor, escritor y conferencista

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