El patrón común entre los cristianos de excepción no era otra cosa que el absoluto respeto por la vida devocional de oración
La vida de oración produce cambios. Tener presente esta verdad incidió para transformar las vidas y los ministerios de personas que cambiaron al mundo. Debemos saber por qué esos hombres pudieron realizar obras gigantescas. A ellos los llamamos hoy “los grandes hombres de Dios”. Pero, ¿por qué razón fueron grandes?
No eran más inteligentes que nosotros. No tenían más información de la que disponemos; de hecho, tenían menos. El patrón común entre estos cristianos de excepción no era otra cosa que el absoluto respeto por la vida devocional de oración.
Hablemos por ejemplo de Martín Lutero, del siglo XVI. Dejemos que sea el historiador Orlando Boyer, quien nos introduzca en la vida del hombre de la Reforma.
“Generalmente se atribuye el gran éxito de Lutero a su extraordinaria inteligencia y a sus destacadas dotes; el hecho es que tenía la costumbre de orar durante horas. Así testificaba él: ‘…fui guiado a orar, a pedirle a Dios que me fortaleciese. Nunca oré sin que la Escritura estuviese en mi mente. Resolví, como Pablo, no mirar las cosas que se ven, sino las que no se ven’”. Lutero decía que si no pasaba dos horas orando por la mañana se exponía a que Satanás venciera. Otro de sus biógrafos escribió: ‘…el tiempo que él pasa orando, produce el tiempo para todo lo que él hace, el tiempo que pasa escudriñando la Palabra vivificante le llena el corazón que luego se desborda en sus sermones, en su correspondencia y en sus enseñanzas’. ¿Está usted pasando tiempo en oración con su Dios?




