Hoy vemos cómo muchos son seducidos por el sistema y cada sector procura conquistar la lealtad a sus ideales, llevando a los creyentes a traicionar consciente o inconscientemente su lealtad a Dios
“Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o estimará al uno y despreciará al otro…” (Mateo 6:24).
La lealtad es considerada una de las virtudes más nobles, pues denota una firmeza en el carácter que muestra en el ser humano su honradez, honestidad y fidelidad a aquello en lo que cree y a quien sirve o representa.
Jesús hablando acerca del gobierno de nuestra voluntad y la fidelidad, expresó que nadie puede servir a dos señores, dejando entrever que al no tener definido a quien rendimos nuestra lealtad suprema, seremos seducidos por las circunstancias y conveniencias del diario vivir.
En el mundo actual, dado el pensamiento relativista de nuestra sociedad, las personas se han vuelto permisivas y tolerantes en extremo, donde la integridad ha perdido relevancia y se justifica actuar según la conveniencia, evitando las posturas de voluntad y convicción firme.
Con respecto a la fe cristiana, hoy vemos cómo muchos son seducidos por el sistema y cada sector procura conquistar la lealtad a sus ideales, llevando a los creyentes a traicionar consciente o inconscientemente su lealtad a Dios.
En la historia bíblica vemos hombres como Daniel, Sadrad, Mesac y Abednego, quienes, aunque eran empleados públicos de alta jerarquía y eran ejemplares en su función pública, nunca traicionaron su fe, e incluso pusieron sus vidas en peligro en momentos donde debieron dejar en claro su lealtad suprema a Dios.
Hoy se ha desdibujado el principio de la lealtad, no solamente en el ciudadano común, sino también en la vida de los creyentes y líderes cristianos, creyendo en muchas ocasiones que vamos a lograr influir en la sociedad actual siendo indulgentes, permisivos y complacientes; lo cual es antagónico e incoherente en la mayoría de las veces.
Al perder la perspectiva del Señorío de Cristo en nuestras vidas, olvidamos que aquel que es nuestro Señor, es también nuestro dueño.
Aceptar a Dios, como mi Dios, significa que más nadie puede ocupar su lugar, lo contrario sería catalogado como traición o idolatría.
La lealtad es una virtud, que se desarrolla con las acciones, que se habla, se vive y se ve…
¿De quién eres discípulo y seguidor?
¿A quién sirves y representas?
¿En quién confías?
¿A quién eres leal?
Estás preguntas definirán tus acciones y demostrarán quién eres realmente…
Determinarán qué haces, qué apoyas, a dónde vas, en qué participas y en qué te involucras…
Todo depende a quién eres LEAL.
Diego Ortiz
Pastor y comunicador
@ps.diegoortiz


