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Mi testimonio de perseverancia y fe, Mónica Mendoza

Luego de tantos tropiezos, de tantas caídas, de tantas búsquedas un día conocí al verdadero socio, al único que todos debemos tener, conocí a Cristo

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Siempre he sentido el llamado, incluso antes de saber que así se le decía, mi testimonio es la prueba de que Dios nos escoge desde el vientre. Y lo digo porque a pesar de mis ambiciones, nunca me he involucrado en transacciones fraudulentas. Desde niña siempre he querido hacer cosas, siempre he soñado con alcanzar grandes metas, y aunque en ocasiones esto ha traído problemas a mi vida, por mi forma de ser y de actuar, también sé que ha inspirado a muchas personas, y con eso yo soy feliz, ahora con Cristo, es mucho mejor, podré inspirar a muchos hermanos cristianos, si antes logré hacer cosas importantes, ahora logro mucho más, porque mi Padre está conmigo siempre, me guía y me acompaña. Él es fiel, eso no lo dudo.
Estuve casi 10 años trabajando en una empresa privada, tenía estabilidad económica y laboral, tenía buenas cosas y no pensé que la decisión de abandonar eso por seguir un sueño de independencia económica que había surgido por allá finalizando el siglo XX y comenzando el XXI, sería lo que muchos me decían “es una locura”, “el país está en crisis” y tantas otras cosas que te dicen cuando vas a hacer algo que “el común” de la gente no hace, pero tras un largo camino de crecimiento en aquella empresa y llena de valor y muchos sueños, finalmente decidí hacerlo, no fue fácil, el camino se tornó duro, las oportunidades se escondieron, los caminos se trancaron, el juego se detuvo; por algunos años no avanzó, emprendí toda clase de negocios, con tal de no rendirme, ya había tomado la decisión, ya había dado aquel paso de caminar sola, sin ese “bastón” que significaba un quince y un último.
Me hice experta en emprendimientos, vendí desde accesorios tejidos a mano por mí, hasta torrejas y pan de casa en casa por mi barrio, todo lo que hacía era vender, lo que pudiera vender, lo vendía; al fin estaba ejerciendo mi profesión (ja, ja, ja, ja), nunca me cansaba de inventar, de crear, de buscar la forma de trabajar sin trabajar; es decir, de hacer algo que realmente amara para que no fuera un trabajo. Estudiaba, aprendía, me esforzaba, y luego entendí que debía encontrar aliados, gente como yo, que fuera capaz de tener el mismo nivel de pensamiento que yo, para poder ejecutar aquellas miles de ideas rondando en mi cabeza.
Los que me conocen saben a qué me refiero; durante muchos años estuve buscando esa persona que me apoyara y me ayudara a ejecutar esas ideas, encontré en el camino varios prospectos, que sin duda me colaboraron bastante, pero finalmente desistían, al no ver “el queso a la tostada”, y luego de tantos tropiezos, de tantas caídas, de tantas búsquedas un día conocí al verdadero socio, al único que todos debemos tener, conocí a Cristo, fue ahí, cuando comencé a entender que todo aquello que viví durante los 20 años anteriores en los que me enfoqué en buscar ese “algo” fueron solo el proceso de aprendizaje que tuve que pasar para aprender lo que hoy puedo aplicar para alcanzar mis sueños, porque encontré el socio que estuve buscando por años, a partir de Él, comencé a crecer, a avanzar, me enseñó a creer ciegamente en Él, cuando aprendí a confiar solo en Él, a dejar todo en sus manos y a dejar que pelee mis batallas, comenzó a entregarme las victorias, comenzó a hacer milagros increíbles, que solo Él y yo, y los más cercanos a mí conocemos.
Entonces mis buenas noticias habían llegado, mi socio me ha dado las llaves que abren las puertas del éxito. No es fácil, no es sencillo, pero es un camino que requiere coraje y corazón, porque lo que se me ha entregado requiere de mí mayor responsabilidad, compromiso y valor, también mucha ética, porque la fe viene intrínseca en ello. Sin embargo, es una demostración de fidelidad que el Señor me ha dado, Él fue, es y será siempre el mismo Dios, ese cuyas hermosas promesas dejó escritas en Su Palabra. Fidelidad, porque vio mi perseverancia y mi fidelidad hacia Él, a pesar de tantas pruebas y tantos tropiezos. Él sabe recompensar nuestro esfuerzo en alcanzar grandes cosas, pero sobre todo conoce nuestro corazón, nuestros pensamientos y las intenciones de nuestro corazón, no podemos engañarlo, Él nos dará aquello para lo cual nos hemos preparado, solo si demostramos las verdaderas intenciones cuando estemos pasando la dura prueba, cuando andemos en el “valle de sombra de muerte” y seamos fieles a nuestros principios, Él solo espera amorosamente que dejemos que lleve nuestras cargas.
Entrega, deja, derrama tu espíritu en Él, confía, espera en él. Hoy sé que aún no ha terminado su obra en mí, pero sé que no me soltará la mano, porque yo no soltaré la suya. Yo creo en Él, pero sobre todo le creo a Él. 

Mónica Mendoza
Colaboración independiente

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