No permita que ninguna actividad, ¡ni siquiera las obligaciones eclesiásticas!, lo aparten del altar donde presencia de Dios lo transformará
¡Nada de lo que usted hace es más importante que orar! Hagamos promesas para orar. Las promesas se deben cumplir; pero si por alguna debilidad no la cumple, no se autocondene ni deje de orar, simplemente comience de nuevo hasta que la promesa y la repitencia ayuden a establecer el hábito.
Saque de este esquema las “oraciones” marcadas por nuestra etiqueta social-religiosa, como lo son orar para comer, para dormir, para viajar. Eso es otra cosa. Estamos hablando de derramar el alma en la presencia del Eterno, sin modelaje, sin maquillajes, ¡sin tratar de ocultar la verdad con palabras!
Nadie se convierte en una persona de oración rápidamente. No olvide que orar es nadar contra la corriente. Haga un pacto para orar diariamente por un tiempo razonable. Si son diez o quince minutos, ¡eso está bien! No se preocupe si el tiempo es corto porque eso se resuelve solo, sin que usted se dé cuenta. Un día se encontrará orando por una hora y usted se sorprenderá y, además, lo disfrutará.
No compita en “cantidad” con nadie. No se trata de un concurso. No permita que ninguna actividad, ¡ni siquiera las obligaciones eclesiásticas!, lo aparten del altar donde presencia de Dios lo transformará.




