Jamás nuestras demandas ni nuestros deseos caprichosos y carnales tendrán el poder de alterar los designios del Señor. El “no” que a veces recibimos del cielo como respuesta debe ser recibido sin altivez
Los cristianos podemos declarar las verdades gloriosas del Evangelio reveladas a nosotros como lo hizo Pedro en Pentecostés cuando se puso de pie y alzando la voz exclamó: “…Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños” (Hechos 22:14-17).
No pongamos en boca de Dios lo que Él no ha dicho. Jamás nuestras demandas ni nuestros deseos caprichosos y carnales tendrán el poder de alterar los designios del Señor. El “no” que a veces recibimos del cielo como respuesta debe ser recibido sin altivez. Podemos decirle al Señor que no entendemos lo que nos está pasando, o que no nos gusta, tal como se registra muchas veces en los Salmos. Su respuesta será siempre paciente y dulce. La historia ha demostrado que la opinión de Dios es la mejor.
Oigamos orar a David: “Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. …Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios. Verán esto muchos, y temerán, y confiarán en Jehová” (Salmo 40:1-3). No hay en esta oración declaraciones arrogantes, ni deseos de que Dios haga nuestra voluntad. Sólo hay humillación, el único lenguaje con el que podemos acercar al Altísimo. Entremos ahora mismo, pero sin olvidarnos de que el Reino de Dios no está en oferta.




