No aceptar las condiciones de Jesús es lo que explica la frustración de mucha gente que no entiende por qué -a su juicio- Dios no les responde como ellos quieren
Debemos de corregir de una vez por todas el concepto errado de que orar es sinónimo de pedir. Esa es una lamentable deformación que ha dominado nuestra religiosidad evangélica. El pedir ocupa un lugar en la oración, pero no lo es todo. Jesús lo explicó de una manera muy pedagógica: “Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Lucas 11:9-10).
Cristo habla además de buscar y de llamar como elementos componentes de la oración y tiene el cuidado de ubicar el pedir dentro de condiciones muy concretas que solemos olvidar: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Juan 15:7).
El Señor nos está esperando en el altar devocional. Allí lo más importante no es pedirle cosas a Él sin antes considerar sus condiciones. Necesario es, entonces, hacernos dos preguntas de control: ¿Permanezco yo en Él?; ¿permanecen sus palabras en mí? Sólo si podemos responder con honesta afirmación a esas dos interrogantes tendremos luz verde para pedir en el proceso de nuestra oración.
No aceptar las condiciones de Jesús es lo que explica la frustración de mucha gente que no entiende por qué -a su juicio- Dios no les responde como ellos quieren. Él no nos concede siempre lo que le pedimos, sino lo que necesitamos. Amigos: No nos confundamos, aunque el Señor siempre nos bendice, es vital que entendamos llanamente que Dios no existe para complacernos. Somos nosotros quienes existimos para complacerlo a Él.




