No pecamos por accidente, pecamos por decisión. Es vital que sepamos que siempre tendremos la potestad de rechazar la invitación a pecar
El Señor nos puede librar del maligno porque nos ha dotado con las capacidades y las herramientas espirituales para ello. Dios nos respeta y no se interpone en contra de nuestra voluntad de acción. Así que no debemos exponernos innecesariamente a situaciones peligrosas o a elegir compañías inadecuadas o a prestar oídos a sugerencias pecaminosas.
No pecamos por accidente, pecamos por decisión. Es vital que sepamos que siempre tendremos la potestad de rechazar la invitación a pecar. El creyente va a disponer en todo tiempo de su libertad de acción, la cual no puede ser enajenada. El ejercicio de la libertad, que es potestativo de cada persona, nunca va a ser violado por Dios, ni mucho menos por Satanás.
Ciertamente el Señor nos puede librar del maligno, siempre y cuando respetemos las reglas del Reino de Dios. Las Escrituras nos enseñan que pecar o no pecar siempre serán decisiones unilaterales e inalienables y, en consecuencia, responsables. Pero si, a pesar de todo, ya hemos pecado, entonces no hay otro camino que reconocerlo y confesarlo con humildad. En ese sentido la Palabra de Dios es contundente, como en el ejemplo del hijo pródigo: “Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Lucas 15:18-19).




