Cuando separas tiempo para estar en oración, como pidió Jesús, te conviertes en una amenaza para Satanás. Su reino retrocede en tu vida y empiezas a convertirte en vencedor
Una vida devocional privada no es simplemente una vida religiosa, de eso ya hay bastante. La religión se agota en la norma y el control externo, mientras que la devoción es íntima, quieta, silenciosa. Jesús nos enseñó el sentido de la devoción privada, para la cual hay que apartar un tiempo que debe ser sagrado. No es algo pasajero, materialista ni superficial; es contemplación íntima y profunda. Más que recibir “un favor” es percibir la “presencia” de Dios: “…Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto…”.
Tenemos un buen concepto de la oración y sabemos que orar es bueno, pero no oramos. Esa contradicción se explica si entendemos que creer las cosas no necesariamente es hacer las cosas. Nuestra tendencia es a dejar de lado todo aquello que nos resulte difícil. La oración y el estudio devocional privado de la Palabra de Dios requieren del sentido de la disciplina. Todas las fuerzas del mal se activarán para que tú no ores así. Ninguna actividad de tu vida va a ser bombardeada espiritualmente por las tinieblas de este mundo como lo es el momento del altar. La oración es, en esencia una batalla espiritual.
Cuando separas tiempo para estar en oración, como pidió Jesús, te conviertes en una amenaza para Satanás. Su reino retrocede en tu vida y empiezas a convertirte en vencedor. Si mantienes ese ritmo, la vida del espíritu gobernará tu corazón y todo lo que significa el pecado y la vida de la carne cederán su lugar al gobierno de Dios en ti.




