“¡Mano tengo fe!”. Quedó como la frase que representa a nuestro fútbol y a nuestra Vinotinto, pero la Biblia sentencia: “la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma”
Venezuela está triste. Se nos esfumó de las manos otra oportunidad de clasificar al Mundial de Fútbol, tal vez la mejor de las oportunidades que hemos tenido. Reflexionando acerca de lo sucedido tras la aplastante derrota que nos propinó Colombia en el Monumental de Maturín, un estadio y un pueblo que siempre se llenó no sólo de fanaticada, sino de gente ilusionada que gritaba al unísono: «¡Mano tengo fe!».
En mi melancólica reflexión, el dulce y consolador Espíritu Santo trajo a mi corazón muchos sentimientos encontrados que configuraron en mí una analogía de la Vinotinto con Venezuela, con los venezolanos, mejor dicho. Compartiré algo de lo que fue impreso en mi espíritu con nuestros respetados, y también tristes lectores.
Nuestra selección no perdió su cupo al Mundial 2026 en el juego contra Colombia, ya venía en declive desde hacía varios partidos atrás. La Vinotinto, en nuestra analogía, representa a Venezuela entera y a su actual crisis que no es de estos últimos meses, sino que viene desde hace décadas atrás.
Venezuela tiene muy buenos y grandes estadios construidos para la celebración de la Copa América 2007, como tiene grandes y espectaculares ciudades, pero que pocas veces se llenan de espectadores, a excepción del Monumental de Maturín, tal vez por eso casi todos los juegos los realizaban allá; el noble pueblo monaguense siempre respondió como ha respondido el pueblo venezolano, pero a quienes las autoridades poco le ha importado.
¿A quién culpar de este estrepitoso fracaso?
La Federación Venezolana de Fútbol, entre sus bemoles y sus intereses propios, no ha dedicado suficiente tiempo a la cantera de esas nuevas generaciones de futbolistas que vienen surgiendo desde los modestos campos; son unos líderes de poca monta, fracasados en lo más importante, como lo es educar, cuidar y representar a los futbolistas venezolanos desde su niñez hasta el nivel profesional. ¡Ah, pero olvidábamos el cambio del logo!, creo que es lo único resaltante que han hecho, y resalta porque está en todo el pecho de la casaca nacional.
¿De quién habrán aprendido a ser tan infructíferos los directivos de la FVF? Como todo hijo aprende del ejemplo de sus padres; tal la conducta del organismo gubernamental como tal la de la FVF. No basta con construir mamotretos para ser usados sólo en ocasiones especiales, es necesario invertir en pequeños campos o estadios de fútbol, como también en escuelas y liceos, es ahí donde está la Venezuela emergente, de donde vendrá la Vinotinto mundialista.
Si de presupuesto hablamos, debemos estar agradecidos con Dios por esas empresas privadas que toman de sus ganancias para apoyar a nuestra selección, porque del Estado se ha recibido tan poco que parece nada. ¿Cómo podemos aspirar tener a grandes técnicos que dirijan a la Vinotinto?, si el Estado nunca tiene presupuesto; por eso debemos conformarnos con un Fernando Batista cuyo desempeño siempre fue en cámara lenta con sus alineaciones, actuaba cuando ya era muy tarde. En este caso caben las muy pronunciadas frases venezolanas: «eso es lo que hay». «Sólo para eso alcanza la plata». «Hay que cobijarse hasta donde nos alcance la cobija». «La masa no da para bollo».
Achacarle toda la responsabilidad a los esforzados jugadores de nuestra selección, quienes vienen de equipos nacionales de la pobre y mal formada cantera de jovencitos que han debido jugar hasta con pelotas de trapo en su niñez, no es justo. Comparar a nuestros jugadores profesionales que todos juntos no ganan lo que gana un solo jugador de combinados como Argentina, Brasil o Colombia, es una gran injusticia.
El apóstol Pablo escribió que «todo lo que el hombre siembre, eso cosechará»; ¿cómo pensamos llegar a un Mundial de Fútbol o del deporte que sea cuando los encargados de administrar a nuestra nación no siembran en la niñez y la juventud? Lo que pasa es que deja más rédito construir elefantes blancos que sembrar de campos y entrenadores a los pueblos y ciudades del país. Ahí está la diferencia.
Todo lo que gira en torno a la Vinotinto y al fútbol venezolano es una analogía al estado en que se encuentra nuestra amada Venezuela: líderes deportivos incapaces, gobernantes más preocupados en llenar de gente un estadio en un juego internacional, en un estadio que alberga a un pueblo que quiere gritar, llorar y disfrutar sus victorias, pero que no puede porque le han robado la alegría y la de sus hijos, esos futuros jugadores de la selección nacional que sueñan algún día representar a su país, pero no con los balones de trapo con los que hoy juegan.
«¡Mano tengo fe!». Quedó como la frase que representa a nuestro fútbol y a nuestra Vinotinto, pero la Biblia sentencia: «la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma». Parafraseando lo escrito por Santiago (2:14-17) al tema que nos ocupa, diría así:
«Hermanos míos del gobierno, la FVF y la Vinotinto, si alguno dice que tiene fe y no tiene obras, ¿de qué sirve? ¿Puede acaso su fe llevarle a un Mundial? Si un hermano o una hermana jóvenes futbolistas están carentes de estadios, entrenadores y equipos deportivos, y les falta una buena alimentación diaria, y alguno de ustedes les dice: “Vayan en paz, caliéntense y sáciense con lo que puedan y consigan”, pero no les da lo necesario para el cuerpo y su preparación deportiva, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma»; y un equipo en esas condiciones difícilmente entrará a un Mundial.
Nos toca nuevamente ver un Mundial de Fútbol sin escuchar entonar el «Gloria al bravo pueblo», que eso quede en la conciencia del gobierno, de la Federación Venezolana de Fútbol, del equipo técnico y, por qué no, de los mismos jugadores de la Vinotinto que pudieron y debieron dar más para haberle regalado al atribulado pueblo venezolano una gran alegría.
Ojalá aprendamos que la fe no se debe tener en los hombres o jugadores, sino tener fe en que Jesucristo sacará a nuestro país de la crisis y cuando nos dé la Nueva Venezuela, tengamos un liderazgo consciente que impulse a nuestros jóvenes para tener a una Nueva Vinotinto, no sólo en el fútbol, sino en todas las disciplinas deportivas, culturales, educativas y espiritual; porque ¡la Vinotinto es Venezuela! ¡Somos la «Venetinto»!
«Por la misericordia del Señor no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad. Mi porción es el Señor, dijo mi alma; por tanto, en Él esperaré» (Lamentaciones 322-24). ¡Sólo en ti esperamos, Señor!
Georges Doumat B.




