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El amor perfecto, Liliana González de Benítez

El amor de Dios es incondicional y dura para siempre. Si nos arraigamos y cimentamos en Su amor perfecto podremos amar a los otros como Dios nos amó

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¿Puedes comprender el amor de Dios? Es realmente difícil para una mente finita como la nuestra entender la plenitud del amor de Dios. Por eso, el apóstol Pablo intercedió por nosotros en oración: “Ruego que, arraigados y cimentados en amor, ustedes sean capaces de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo que sobrepasa el conocimiento, para que sean llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios” (Efesios 3:17-19).
Las dimensiones del amor de Dios superan nuestra comprensión. Dios amó de tal manera a la humanidad que entregó a Su único Hijo a morir por nuestros pecados (Juan 3:16). Su gran amor “todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1ª Corintios 13:7). Este es el amor ágape, el perfecto amor de Dios, que da significado a todas las expresiones de amor humano.
Cuando una persona nace de nuevo por la milagrosa obra del Espíritu Santo, el amor de Dios es derramado en su corazón (Romanos 5:5). Ese amor es la marca del creyente verdadero. El apóstol Juan, quien se refirió a sí mismo como el discípulo a quien Jesús amaba, hizo un llamado al amor fraternal: “Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” (1ª Juan 4:7-8).
Antes de conocer a Dios, nosotros no podíamos ni tampoco queríamos amar a Dios. Estábamos controlados por el egoísmo y el orgullo. Vivíamos enemistados con Dios y con los demás. Nada bueno había en nosotros. “Ojo por ojo y diente por diente”, era nuestra ley (Mateo 5:38).
Pero, gracias a la misericordia del Señor, los que estábamos muertos en nuestros delitos y pecados, ahora vivimos para amar a Dios y darle gloria. Él nos quitó el corazón de piedra y nos puso uno de carne, nos quitó los harapos de inmundicia y nos vistió de justicia. Y, por el poder del Espíritu Santo que mora en nosotros, podemos rechazar la ideología del mundo para ir siendo transformados en nuestro modo de pensar a través de la renovación de nuestra mente (Romanos 12:1-2).
Debido a que hemos nacido de nuevo podemos obedecer la ley del amor: “No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama a su prójimo, ha cumplido la ley” (Romanos 13:8-10).
Jesús desea que nos amemos con el mismo amor sacrificial que Él mostró por nosotros cuando se entregó voluntariamente a morir por nuestros pecados. Su amor inmolado, generoso, abnegado es la cualidad que distingue a los creyentes verdaderos: “En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros” (Juan 13:35).
Una manera de autoevaluarnos para saber si hemos nacido de Dios y si conocemos a Dios es respondiendo tres preguntas: ¿Amo a mi prójimo? (Mateo 22:39). ¿Amo a mis hermanos en la fe? (1ª Juan 4:21). ¿Amo a mis enemigos? (Mateo 5:44). Si todas nuestras respuestas son afirmativas, entonces podremos estar seguros de que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones.
El mundo no puede comprender el gran amor de Dios. El amor mundano es imperfecto. Se basa en la atracción física, sensual, afinidades, intereses o en los favores que se puedan recibir del otro. Por lo tanto, el amor termina cuando la atracción y los beneficios cesan. En cambio, el amor de Dios es incondicional y dura para siempre. Si nos arraigamos y cimentamos en Su amor perfecto podremos amar a los otros como Dios nos amó.

Liliana González de Benítez
Periodista y autora
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