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El colofón, Eduardo Padrón

La ecuación de Dios no incluye el fracaso. Si comenzamos bien, terminemos bien

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“Pasé junto al campo del hombre perezoso, y junto a la viña del hombre falto de entendimiento; y he aquí que por toda ella habían crecido los espinos, ortigas habían ya cubierto su faz, y su cerca de piedra estaba ya destruida” (Proverbios 24:30-31 leer hasta el 34).
Este final de Proverbios 24 se parece a ese momento cuando decimos “y para rematar” como si todo lo dicho no fuera suficientemente impactante. Es el dibujo claro de quien desoye todo el consejo previamente ofrecido y no termina bien su vida porque paulatinamente se vuelve un necio. Cuando la sabiduría no ocupa su puesto, otra cosa lo ocupa.
Se me ocurre pensar que la ecuación del fracaso es muy dúctil. Una persona exitosa puede llevar el germen de la ruina para su espíritu. Han habido boxeadores, médicos, oradores, pastores, músicos y líderes llenos de talento y con trayectorias brillantes que han terminado con los “espinos” y las “ortigas” cubriéndolo todo y su moral cual “cerca de piedra” completamente arruinada por un constante descuido. La yerba crece si se le permite y le cierra el camino a la honra. Para quien no vela, el éxito es solo un impulso al fracaso.
Quien mira con atención estos cuadros debe decir como el proverbista: “Miré y lo puse en mi corazón; lo vi, y tomé consejo”. Todos podemos evitar que se nos aplique el refrán: “nadie escarmienta en cabeza ajena”. La confianza del necio es decir “de esa agua no beberé”, pero el consejo divino advierte “el que piensa estar firme, mire que no caiga” (1ª Corintios 10:12).
La ecuación de Dios no incluye el fracaso. Tomemos su sabiduría y consejo y desarraiguemos los “espinos” y las “ortigas” de la vida y cuidemos nuestra “cerca de piedra”. Si comenzamos bien, terminemos bien. ¿Está de acuerdo?

Eduardo Padrón
Pastor, comunicador y escritor
[email protected]

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