El mundo creado que inspira asombro nos llama a recordar los atributos del Dios que lo creó todo con su palabra. La creación nos llama a recordar la bondad y la gloria de Dios
He aprendido que recordar es diferente a traer a la memoria. Poner los eventos en una línea de tiempo, hacer una lista de las personas y los lugares, y otros actos de contar una historia, esto es traer a la memoria. Recordar considera el significado de esos eventos, personas y lugares. Si traer a la memoria implica pensar en la buena comida que compartimos tú y yo, quizá publicando una historia en Instagram, recordar implica considerar el gozo de la conversación, la gratitud que sentimos por el trabajo que pusimos en la comida y cómo afianzó nuestra amistad.
Yo puedo traer a la memoria los altibajos de mi vida. Pero necesito recordar cómo Dios estuvo conmigo durante la trayectoria. ¿Cómo saber cuándo hacemos una cosa o la otra, traer a la memoria o recordar? Como dijo Jesús acerca de otras acciones del corazón, lo reconocemos por el fruto (Mateo 7:20). Mientras que el fruto de traer a la memoria puede reconocer o verificar lo que pasó, recordar nos lleva a vivir de manera diferente. Provoca una respuesta.
En cierto sentido, el recuerdo y el asombro van juntos. Recordar (y no sólo traer a la memoria) la bondad de Dios para con nosotros, nos provoca adorarle. También funciona al revés. Igual que recordar nos hace asombrarnos, el asombro nos hace recordar. Detente lo suficiente para admirar una puesta de sol u observar una lluvia continua que da vida, y espero que experimentes el asombro.
El mundo creado que inspira asombro nos llama a recordar los atributos del Dios que lo creó todo con su palabra. La creación nos llama a recordar la bondad y la gloria de Dios. El Salmo 19:1-4 (NVI) lo expresa así:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
el firmamento proclama la obra de sus manos.
Un día transmite al otro la noticia,
una noche a la otra comparte su saber.
Sin palabras, sin lenguaje, sin una voz perceptible,
por toda la tierra resuena su eco,
¡sus palabras llegan hasta los confines del mundo!”.
De esta manera, el asombro puede ayudarte a recordar. Así como Dios hace fielmente que el sol salga y se ponga cada día, te ha amado, guiado y sostenido por incontables días y temporadas. Cuando te levantes por la mañana, recuerda que sus misericordias son nuevas, aunque sea sólo por el hecho de que te has despertado. Cuando estés a punto de disfrutar de una buena comida, recuerda que Dios provee tu pan diario.
Recuerda el cuidado bueno y fiel de Dios aun cuando no lo has reconocido. Y luego toma nota de lo que sucede en tu corazón mientras recuerdas. Verás que no puedes nunca recordar con nostalgia la bondad de Dios en tu vida. Su bondad siempre pide una respuesta. Así funciona recordar. Por eso Dios le ordena a su pueblo una y otra vez que recuerden.
Sé que es más fácil decirlo que hacerlo, especialmente en el mundo en que vivimos. Todos nadamos en el océano de la cultura de los medios, siempre inundados por la información. Nuestra atención regularmente va de una cosa a la otra, y el volumen de actualización erosiona nuestra capacidad de traer siquiera a la memoria todos los eventos y detalles, mucho menos recordar y reflexionar.
Hace unas cuantas décadas, Neil Postman lo llamó el efecto «y ahora… esto». Todos los medios de comunicación y noticias actúan así. Una noticia acerca de una tragedia local da lugar a una sección desconectada acerca del clima de mañana, lo cual da paso a lo último en los deportes, todo interrumpido por los anuncios comerciales que tratan de venderte el último Honda o un champú.
«Y ahora… esto» nos dice que ya hemos pensado lo suficiente acerca de la historia anterior y es hora de pasar a la próxima noticia que capte nuestra atención. Llevamos las distracciones «y ahora… esto» en el bolsillo (o la riñonera; no te estoy juzgando). Las notificaciones móviles nos dicen que dejemos lo que estamos haciendo y prestemos atención al próximo bocado de información.
Las redes sociales nos llevan a otro nivel. Siempre están presentando la próxima distracción «y ahora… esto», bien sea una cita breve o un meme viral. Los medios modernos transmiten continuamente. Cuando haces un maratón de series en Netflix, ni siquiera tienes tiempo de digerir lo que sucedió en el episodio anterior, pues el próximo comienza en 5, 4, 3…
El resultado es que se nos hace cada vez más dificultoso considerar el significado de un evento antes de que el próximo exija nuestra atención. Nos quedamos con una memoria débil de lo que pasó sin la reflexión necesaria para conectarnos personalmente.
Lo mismo sucede con los eventos en nuestra vida. En lugar de una historia sin significado ni propósito, nuestra vida se convierte en una línea temporal de eventos al azar. Podemos perder de vista la narrativa mayor, la historia mayor que hemos sido llamados a vivir. En esencia, nos olvidamos más de lo que experimentamos.
A medida que perdemos la capacidad de recordar y reflexionar, perdemos el asombro. Nos volvemos insensibles. Si algo nos impresiona, es sólo hasta que recibimos el próximo cosquilleo lo suficientemente fuerte para vencer nuestra creciente tolerancia. Y la consecuencia más trágica es que nos quedamos sedados en un mundo cargado de la gloria asombrosa de Dios. Las expresiones de la bondad de Dios se pierden entre las actualizaciones del estatus y los videos de TikTok. Nos olvidamos de lo que Él ha hecho en medio de lo que nosotros hacemos.
“Debemos apagar el ruido”
Aún hay antídoto, pero es dolorosamente contracultural y quizá más contradictorio ahora. Debemos apagar el ruido. Puedes escoger. Puedes apagar las notificaciones en el teléfono. Los correos, los textos, los me gusta de las redes sociales, las actualizaciones de estado y todo lo demás puede esperar. Si eres lo suficientemente valiente, puedes apagar el teléfono durante distintos períodos: una hora al día, un día al mes, y así sucesivamente.
Lo importante es recordar (¿ves lo que hice ahí?) que no estás ignorando los canales porque la tecnología es malvada. Cada uno puede traer un sí mayor. Estás diciendo no a ser inundado con más detalles de los que puedes traer a la memoria para decir sí a recordar las maneras importantes en las que Dios ha sido bueno contigo.
Esto se hace aún más cierto si estás en medio del valle o frente al fuego. La alternativa de recordar es olvidar, ser halado y empujado por los antojos no sólo del mundo, sino de tu imaginación. Cuando te olvidas de la bondad de Dios, tu imaginación comienza a trabajar horas extra. El fuego parece más caliente; el valle más desierto.
Mitchel Lee
Este artículo fue extraído de su libro AUN SI… Editorial Unilit




